La semana pasada se me ocurrió una idea para un largometraje y otra para un relato. Hoy como no podía dormirme he estado escribiendo algo sobre la idea del relato. Espero que os guste.

Capítulo 1: Deja de beber entre horas

Estaba hasta las narices de ese trabajo, del trabajo y del jefe, pero sobre todo del trabajo. 10 horas metido entre maquinas andando de un lado para otro sin parar. Que si ven para aquí que no funciona esto, que cuando termines pásate por allá que te esta esperando no se quién para que arregles no se qué. Mi madre me enseñó a ser paciente, pero mi madre esta muerta. A la mierda las maquinas, a la mierda los compañeros y a la mierda el jefe.

Mi vida funciona a portazos, puedes cerrar la puerta con cuidado, girando el pomo, pero para que molestarse en hacer todo eso cuando de un portazo haces lo mismo con menos esfuerzo. A la gente no le gustan mis portazos. Se que les gustaría cerrar la puerta delante de mis narices, pero en ese momento me giro, les pateo, los meto dentro de la habitación, pego el portazo y tiro la llave por la ventana.

Me volvió a llamar el jefe, me echó en cara que llegase cinco minutos tarde del descanso. Le lancé el pañuelo con el que me limpiaba las manos, saqué el destornillador del bolsillo y lo lancé contra el suelo. Grite cuatro blasfemias y me fui para el vestuario. Simbólicamente había roto el contrato, mi jefe tardaría unos segundos en asimilarlo.

Gilipollas, mientras mas ignorantes son, mas les sube el ego, no se dan cuenta que la mierda flota. Un arma, una bala y ningún segundo para pensarlo, todo sería perfecto, la puerta a otra vida igual de absurda. Podría haber sido un cerdo y revolcarme en mi propia mierda, pero Dios no me dejó y me descolgó de las ramas de los árboles, ese es el gran jefe, otro maldito cabrón. Lastima que no juegue a los dados.

Llegué al vestuario. Allí estaba otro compañero de trabajo, sentado en uno de los bancos, con las manos en la cabeza, nunca me ha interesado saber en que piensan los demás. Me volví a acordar del jefe y golpeé la taquilla de al lado, la mía ya estaba demasiado hundida. Abrí mi taquilla, me quité el buzo, lo metí con mala gana, saqué la mochila, metí mis cosas y cerré la taquilla, de un portazo.

- ¡Aquí te quedas con esta mierda de trabajo! – le dije al extranjero que pocas semanas antes había entrado a trabajar con nosotros. Ni siquiera le miré a la cara, solo tenía ganas de salir de la factoría. Pero me lo impidió, me agarró con las dos manos el brazo. Le miré, estaba llorando y empezó a gritarme en su idioma natal. – ¡Déjame puto pirado, suéltame!

- ¡Me van a matar! – Intentaba articular pero los sollozos no le dejaban y su pronunciación era horrible – ¡Van a acabar con mi vida! Quería suicidarme pero ya no. ¡Ya no! Mi vida ha vuelto a cambiar ¡Pero ellos quieren que muera!

- ¡Deja de beber entre horas! ¡Puto borracho! Como me vuelvas a tocar te juro que te mato. ¡Bastardo! – Odio a la gente que droga, se creen que van a cambiar sus problemas por el simple hecho de meterse, su mente puede volar pero ellos se quedan clavados en el suelo, es la suerte que tienen los gobernantes. Estampé al compañero contra las taquillas mientras lo cogía del buzo. El tío se tranquilizó y todo acabó. Salí del trabajo y esperé el autobús. Me saqué el mp3 de la mochila y me quedé escuchando el último disco que me había descargado. Al menos, parte de mi volaría hasta que llegase a mi piso.

Como mi trabajo siempre había sido una mierda, mi casa siempre había sido una mierda. Ni siquiera tenía un piso alquilado, solo me podía permitir un piso compartido con otras personas. Compartía el lugar con dos estudiantes universitarias, puede que sea lo único que tengo como familia, tenemos una relación algo más agradable de lo que me puedo permitir por mi condición de malhumorado.

El autobús me dejó en la parada más cercana a mi casa. El día había estado durante toda la mañana encapotado y ahora que empezaba a anochecer el cielo empezaba a llorar, es curioso como mi alma y el cielo podemos coincidir algunas veces. Cuando llegué al piso mis compañeras de piso se encontraban viendo la televisión, es increíble las horas que pueden estar viendo ese aparato sin cansarse, tragándose cualquier cosa que echen. Me saludaron y se extrañaron de mi temprana llegada, comenté que había dejado el trabajo y que esa noche no cenaría con ellas. Las dos se levantaron al unísono y empezaron a gritarme, era pura rutina. Cerré la puerta de mi habitaicón de un portazo, bendito portazo, eché el cerrojo y me tiré en la cama. Empecé a oír como la lluvia entraba en el cuarto por la ventana, bajé la ventana y las voces de mis compañeras se apagaron, tarde o temprano siempre desisten. Me volví a echar en la cama y me quedé dormido. Recuerdo que soñé que alguien estaba en mi propio cuarto admirando como dormía.

Al día siguiente, me despertó la melodía de mi teléfono móvil. Un compañero de trabajo me llamó para decirme que el nuevo extranjero de la fábrica había sido encontrado muerto en su casa, que los chicos pensaban pasarse por el funeral y quizás me dignaría a ir con ellos. Le dije que nos veríamos mas tarde para hablar e ir al funeral. Colgué, como me encanta el sonido de la tecla de colgar. Me incorporé de la cama y eché un vistazo a la habitación, la ventana estaba abierta.

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