El guerrero ebrio
Este relato lo escribí anoche que fué otra de esas noches en las que no me duermo hasta altas horas de la madrugada. No esta repasado así que es normal que repita varias palabras constantemente.
El Guerrero Ebrio
Esa noche llovía a cantaros. El cielo encapotado daba protagonismo a los pequeños farolillos colgados en los soportales de los puestos y tienduchas que adornaban el diminuto poblado japonés. La luz de los farolillos era entorpecida por piezas de tela rectangulares que colgaban del techo del establecimiento. Grandes caracteres blancos inscritos en aquellas telas de diversos colores empezaban a ser pasto de la humedad de la lluvia. La poca luminosidad de la calle presenta a un hombre que se tambalea. Sus piernas flojean pero no para de caminar. Su pelo no esta guardado en ninguna coleta, suelto, cubre su rostro. Las gotas de la tormenta golpean su kimono harapiento y empiezan a limpiar los de restos de sangre. Sus sandalias no tienen cuidado y suelen introducirse en charcos pero el hombre esta demasiado cansado como para que le moleste el agua en sus pies. Tropieza, intenta utilizar de bastón su espada, que porta en una de sus manos, envainada, pero cae de rodillas. Se reincorpora y levanta su cabeza, sus ojos vacíos inspeccionan el lugar. Le llama la atención la luz de los farolillos y entra en el pequeño establecimiento.
El lugar parecía una taberna. Varias mesas bajas estaban dispuestas en la sala y al principio del sitio había un pequeño mostrador donde un hombre calvo parecía ordenar unas tazas. El hombre tambaleante entra en el antro sin reparar en el calvo que regenta la taberna ni en ninguno de los clientes que están sentados tomando tranquilamente alguna bebida alcohólica. Su traje empapado gotea en el suelo del establecimiento y produce un reguero de agua que empieza en la entrada de la taberna. El protagonista de esta historia se dirige hasta el fondo del lugar y se sienta en una mesa solo. Al contrario que lo esperado, el hombre deja su espada encima de la espada y fija su mirada en el suelo. El dueño del establecimiento, indignado por la entrada de aquel hombre, se acerca hasta la mesa de este.
- ¡Sucia rata, aquí no pueden entrar los perros como tu!
Nuestro hombre levanta un poco su cabeza y deja que sus ojos hagan el resto del recorrido hasta la cara del tabernero. Escucha las barbaridades que dice el calvo y se pone a buscar algo entre sus mangas. Saca una pequeña bolsa y la deja caer en la mesa, la bolsa se abre y deja ver varias piezas de oro. Los ojos del tabernero se abren de par en par y su actitud hacia el protagonista cambia totalmente. La voz del espadachín le dice con una voz ronca:
- Sáqueme algo de saque, buen hombre.
Ha pasado algo mas de una hora y la taza ha ido llenándose y vaciándose continuamente pero los clientes han ido abandonando la estancia. La cabeza de nuestro guerrero sigue pensativa pero sus ojos vacíos han pasado a ser vidriosos. Varias personas irrumpen violentamente la taberna, parecen hombres de la ley. El guerrero ebrio sabe que vienen a por el, coge su espada y costosamente se pone de pie. Su cabeza da vueltas y no entiende que le gritan los hombres armados. Uno de ellos desenvaina y le intenta herir, el ebrio esquiva torpemente y se tropieza con la mesa. Con una de las manos se apoya en el suelo, se reincorpora lo mas rápido y vuelve a ponerse de pie, se percata de la taza de la que había estado bebiendo y la coge con la mano que no sujeta la espada. Lanza la taza a la cara de su atacante que esquiva rápidamente pero no se percata del segundo ataque del guerrero ebrio. El borracho golpea una de las piernas de su atacante con su espada aún envainada y suena un hueso roto, el atacante pierde el equilibrio y cae al suelo. Mientras el compañero del atacante intenta desenvainar, el cual no da crédito a la escena, temblando se encara al cliente de la taberna. El ebrio se fija durante unos segundos en el compañero del atacante, es un joven, quizás la primera vez que coge la espada, pasa de el y se acerca hasta el soldado que esta en el suelo, le pisa el cuello, acto seguido se encara al joven y desenvaina la espada. Amaga un golpe a la cabeza del joven con la espada desenvainada y frena en seco. El joven cierra los ojos e intenta cubrirse con el filo de su espada. El borracho golpea con la vaina en la otra mano las manos de su adversario, al joven se le cae la espada. Nuestro harapiento coge la espada de su enemigo del suelo y la envaina en el cinturón de su adversario. El chaval permanece como una estatua. El ebrio se gira, vuelve a su mesa, coge la vasija del saque e intenta beberse las últimas gotas pero ya no queda nada. Se dirige hacia la entrada del establecimiento y cuando pasa a la altura del joven estático, deja caer la vasija, el crío vuelve a temblar. El guerrero ebrio camina lentamente y en la puerta se apoya antes de salir a la calle. Tose, carraspea su garganta, escupe, desaparece bajo los farolillos.
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4 Octubre 2006 - 0:00
Me ha molado el relato, se ha hecho ameno. El final en plan salida de prota de peli está wapo